domingo, 30 de abril de 2017

PAISAJE DESPUÉS DE LA BATALLA


Te levantas del lecho en ofreciéndome
la imagen de tu dorso como jarra;
de ella he bebido, del cáliz de tu boca
que inundase con besos en la mía.

La mata de tu pelo ensortijado
era un negro boscaje al que internarse
para llegar al claro de tu frente
y a un mutuo traspasar de las miradas.

Al momento adiviné quien eras:
la joven hechicera en sortilegio
que me atraía en “noche de Walpurgis”
al corro de tus ojos como hogueras.

En separando las lianas que cubrían
acaricié tus pómulos y orejas,
mordisquee sus lóbulos carnosos
susurrándolas eróticas palabras.

Fueron arduas las lenguas en combate
en naumaquia librada en las orillas,
de labios como playas y arrecifes
 de los dientes barreras coralinas.

Sentí tu mano posándose en la rama
avanzando de luego hacia su nido;
buscando epifanía de la fuerza
palpaste en el contorno enardecido.

Cual gacela que entre las flores pace
y en la pradera va escogiendo los tallos,
mete en su boca y rumia y los deglute,
tal sentí que yo era tu alimento.

Por tu cuello blanquísimo mis fauces
te apresaron a fuer de ser gacela,
ya ofreciéndose un tanto temblorosa
al predador llevándola al abismo.

Del litoral que coronan tus pechos
me encaramé moroso hacia las cumbres
a allí besar la imagen veneranda
alternando en el peregrinaje.

Para luego proseguir por el valle
que entrambos dejan camino de ese pozo
centro del mundo que para mí es tu ombligo;
mis pasos fueron, uno tras otro, besos.

Después de breve estancia en el oasis
retomé aquel camino hacia la gruta
do protegías la entrada pudorosa
interponiendo tu blanca mano al antro.

Tuve que levantar de en uno en uno
esos dedos que obraban cual barrotes
y acercando mi boca ante la boca
decir allí con voz que resonase:

“deseo entrar, permíteme que explore
con mi cayado el laberinto interno”;
luego al momento se desató mi perra
y fue a buscarte entre paredes húmedas.

De allá salieron millares de murciélagos
con gran estruendo volando en espirales
a volver a adentrarse para luego
con la vara de luz abrirme paso.

Y quedamente en alternancias rítmicas
acompasadas por las respiraciones
cual oleajes que arriban a las playas
más repetir liturgias del asombro.

Los temblores de tierra sucedíanse
y retumbaban de mil gemidos ecos;
luego libar la miel vertí la mirra
que en ofrenda portaba en mis alforjas.

Sí, allí oficié el rito inveterado
que une la muerte al tiempo con la vida
en esa alquimia suprema destilada
en atanor arcano para el hombre.

Ya traspasado aquel instante ciego
vuelvo a la estancia en que bañan tus formas
como de ánfora, de jarra, de vasija
bajo la luz mutante de la luna
y el resplandor creciente de mi hoguera.






© albertotrocóniz / 17
Texto de: "POEMAS DEL PROFANO AMOR"
Imagen: “Afrodita Bajo Forma de Bruja”


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