domingo, 24 de mayo de 2015

“EL CALVARIO” DE ROGIER VAN DER WEYDEN

Acaso sea ese punto inmutable
en torno al cual revuelven las estrellas.
"Pont du Carrousel".  R.Mª. Rilke


He ido a la exposición de Van der Weyden
en el museo Nacional del Prado
a admirar la tabla de “El Calvario”
que ha sido recientemente restaurada.

Luce el cuadro con prístina belleza
en esplendor de formas y colores:
de los rojos del fondo, de los blancos
en mantos de San Juan y de la Virgen,
y del paño del Cristo (un nexo blanco);
el verdigris de las rocas del Gólgota,
presta en corona el color a la muerte.

Las carnaciones de las tres figuras
delatan vida, mayor en el cadáver
que en aquellas de Virgen y Discípulo
paralizados —casi dos esculturas—
con tratamiento pétreo de los paños
en oleaje de pliegues tormentosos
trasluciendo tortura en personajes.

Por contraste el desnudo de la carne
colgada de la cruz como abrazando
asumiendo el dolor y trascendiéndolo
destila paz, esperanza, silencio.

Hay geometría oculta entrelazada
en las composiciones del dibujo
en la que emplea la proporción áurea
que es garantía de complacencia al ojo.

Testamento de su arte en Maese Rogier
realizado al final de trayectoria
(1460 fuese el año,
apenas cuatro antes de su muerte);
como lección de vida el desapego
de todo aquello que resulta accesorio
a lo fundamental: hacer la síntesis
de la polaridad, de los contrarios
—figuras de San Juan y de la Virgen—
en plano horizontal del sufrimiento
a verticalidad omniabarcante
del Cristo con los brazos extendidos.

La cruz en "T" queda en ocre de lo humano;
desaparece el impulso de su extremo
hacia los cielos; tampoco existen halos
y aquí el fondo miniado en pan de oro
que simboliza lo divino y eterno
utilizado en "El Descendimiento"
es cuadrícula en tonos bermellones
como un nuevo terreno para el juego
(es en este sentido modernísimo).

Ahora expuesto es un puente hacia el pasado:
el de un Flandes integrado en el imperio;
mundo al borde de ser desbaratado
en lo artístico, religioso y político
con la Reforma, con el Renacimiento,
y este cuadro genialmente lo anticipa.

Aparte, las anécdotas habituales:
de fechas, de avatares, circunstancias…
que rodean todo lo contingente:
es legado a una cartuja de Bruselas
y se vende al rey Felipe que lo lleva
al Escorial; allí el paso de los siglos
y el deterioro inclemente que ello implica;
hoy ya ejemplarmente restaurado…

Mas todo esto es tan sólo periférico;
en lo fundamental el arte es ese punto
(como en el puente del poema de Rilke)
alrededor del cual giran los mundos.

Juzgo por el silencio que transmite
y el aroma a trascendencia que desprende
el valor de una obra de arte si es maestra
y este retablo conmueve en lo profundo
y nos remite a lo divino dentro.




© albertotrocóniz / 15
Texto: de “CUADERNO DE ARTE”
Imagen: Retablo de “El Calvario”
de Rogier van der Weyden (1399/1400-1464
en el Monasterio del Escorial


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